El buen indígena, otro parásito mental
Para los años 1500, la misma época que España, Inglaterra, Portugal y otras naciones de Europa exploraban América, muchos todavía pensaban que el Jardín del Edén seguía existiendo en alguna parte del mundo. Obviamente, la novedad del territorio americano hizo que ese mito se trasladara a este rincón del planeta.
Michel de Montaigne, por ejemplo, afirmó que los nativos americanos eran seres nobles e incapaces de toda malicia. Según él, en este «paraíso terrenal» no existían la envidia ni la avaricia. En cambio, los europeos ya habían sido corrompidos por los pecados de la ambición y el poder. Por su parte, Jean-Jacques Rousseau uniría el mito del buen salvaje con su condena a la propiedad privada y las actividades empresariales, los mismos cuentos que ahora usan los militantes del wokismo.
Cansado de toda esa irracionalidad, en 1853, Charles Dickens escribió El buen salvaje, una reseña mordaz y sarcástica sobre la romantización que los intelectuales europeos sentían hacia los pueblos originarios de América. Dickens advirtió desde el principio lo que, incluso hasta el día de hoy, la mayor parte de la élite intelectual y social de Occidente se negaba a reconocer, que nada había de inocente en los nativos de América.
En contraste con el mito del buen salvaje, Christina Snyder, en su libro: 𝑆𝑙𝑎𝑣𝑒𝑟𝑦 𝑖𝑛 𝐼𝑛𝑑𝑖𝑎𝑛 𝐶𝑜𝑢𝑛𝑡𝑟𝑦: 𝑇ℎ𝑒 𝐶ℎ𝑎𝑛𝑔𝑖𝑛𝑔 𝐹𝑎𝑐𝑒 𝑜𝑓 𝐶𝑎𝑝𝑡𝑖𝑣𝑖𝑡𝑦 𝑖𝑛 𝐸𝑎𝑟𝑙𝑦 𝐴𝑚𝑒𝑟𝑖𝑐𝑎, explica que las tribus norteamericanas practicaban la esclavitud muchos años antes de la llegada de los europeos. De hecho, Powhatan, padre de Pocahontas, ayudó a los ingleses a someter a otras tribus, en especial, a las que eran sus enemigas.
De igual manera, la investigación histórica ha demostrado que Hernán Cortez logró someter a los Aztecas porque contó con la ayuda de las tribus que sufrían los abusos y crueldades de Moctezuma. No se trató de un ejército de 400 españoles, sino de un cuerpo militar conformado por miles de personas en busca de libertad.
Si bien, los sacrificios humanos ordenados por Moctezuma fueron negados por los panegiristas del indigenismo, el descubrimiento de la torre de cráneos en la Ciudad de México, muchos de ellos de niños, es una evidencia irrefutable de las crueldades a las que fueron sometidos miles de seres humanos.
En el sur del continente, los araucanos eran polígamos. Las mujeres de un varón eran, prácticamente, su propiedad, no muy diferente a un animal de granja. El incesto era común, con todo lo que eso conlleva, por ejemplo, enfermedades congénitas.
En las zonas dominadas por los incas, se practicaba la Capacocha, un sacrificio de niños en honor a los dioses y en busca de abundancia. Los pequeños eran recogidos de diferentes partes del imperio, incluso de la Amazonía de la actual Bolivia, para ser sacrificados en las zonas altiplánicas. En muchos casos, los padres entregaban a sus hijos como una forma de pagar los excesivos tributos que imponían los mandones asentados en Cuzco.
Todo lo anterior, son solo algunos datos que tiran al suelo las ficciones del indigenismo, en todo caso, recomiendo dos libros: Pueblos imaginarios, de Cristian Rodrigo Iturralde, y Parásitos Mentales, autoría de Axel Kaiser. Ambos trabajos ayudarán a profundizar el conocimiento y, en especial, a salir de las mentiras woke respecto a los pueblos indoamericanos.
Si hay algo que se puede concluir a partir de estos casos es que, como afirmaba Dickens, lo mejor que pudo ocurrir a las poblaciones indígenas de América fue la colonización europea. De hecho, Isabel la Católica hizo una serie de esfuerzos por proteger a los indígenas. En la misma ruta, Fray Antonio de Montesinos inició el movimiento por los derechos humanos indígenas ya en 1511, dando pie a varias normativas reales como las Leyes de Burgos en 1512 y las Leyes de Valladolid de 1513. Los pueblos indoamericanos, por primera vez, estuvieron en contacto con la civilización y el respeto a la vida.
Entonces, ¿por qué sigue vigente el mito del buen salvaje?
Porque sirve para generar conflictos y desestabilizar los sistemas democráticos. No se trata de defender a nadie, sino de ensangrentar los países para secuestrar el poder, claro ejemplo, mi natal Bolivia.