Autonomías regionales, competencia fiscal y libertad individual
Si hay algo que los bolivianos hemos aprendido de las dos décadas de dictadura es que no hay nada más ineficiente y peligroso que un Estado enorme y obeso. Sin embargo, el conocer el mal no es correlativo a saber las soluciones.
Los últimos tiempos, se habló de reformas y políticas necesarias para desmontar el modelo masista, desde el 50/50, que resultó otro de los tantos engaños populistas, hasta el federalismo; no obstante, la mayoría no pasan de ser ideas gaseosas y románticas muy poco desarrolladas. En esta leve nota, voy a profundizar mi análisis sobre federalismo y autonomías, muy mencionadas por varios líderes en Santa Cruz y Tarija.
¿Quis custodiet ipsos custodes?, es un aforismo que estuvo en el centro del debate de la literatura política desde hace siglos, quizás desde siempre. De hecho, durante el nacimiento de los Estados Unidos, Madison, Hamilton y Jay, bajo el seudónimo de Polibius, mantuvieron sesudos debates sobre el modelo que debería adoptar la naciente nación para, principalmente, garantizar la libertad de sus ciudadanos y limitar el poder del aparato político.
Los padres fundadores de Estados Unidos entendieron que la fuerza del Estado es proporcional a la cantidad de recursos a los que puede acceder; ergo, había que adoptar un modelo que desfragmente el poder en la mayor cantidad de partes y, al mismo tiempo, evitar que esas partes arrinconen a las personas con impuestos. Ese modelo se llamó federalismo. Se trató de una gran nación unida por Estados autónomos y con un sistema de recaudación tributaria de abajo para arriba. A similares conclusiones llegó el padre de la Constitución Argentina de 1853, Juan Bautista Alberdi.
¿Dónde radica la fortaleza de ese modelo?
Primero, que no existe un ente recaudador central, algo parecido a Impuestos Nacionales, sino que son las alcaldías las que cobran los tributos. Segundo, cada una de las jurisdicciones estará interesada, por una parte, en que no se muden sus habitantes a otra provincia, y por otra, en la necesidad de atraer inversiones, con lo que se verían motivadas a contar con tasas impositivas razonables y, por tanto, a un nivel del gasto adecuado a esas circunstancias. Tercero, es el modelo más fácil de fiscalizar para los ciudadanos.
No se trata de pedir reparticiones presupuestarias más justas, o en función de la cantidad de habitantes, sino de garantizar la libertad de los ciudadanos y tener un sistema estatal eficiente. Asimismo, las regiones y municipios no estarían mendigando el favor del gobierno central, sino que tendrán los recursos suficientes para cumplir con sus tareas.
De igual manera, es la manera más eficaz para terminar con El látigo o la billetera, el modelo que aplicó Evo Morales para someter a las alcaldías e impedir el nacimiento de líderes regionales. La cosa operaba, todavía continúa, más o menos así: Tú, señor alcalde, si te portas bien conmigo, te garantizo presupuesto para tu gestión.
Ese es el camino a seguir, pues Bolivia debe regresar al modelo republicano de la igualdad ante la ley, la división de poderes, la alternancia en el poder, la responsabilidad de los actos de gobierno frente a los gobernados y la transparencia de esos actos. También se debe introducir el debate de la dolarización, el cierre del Banco Central y la reforma del sistema educativo, uno que priorice la formación de competencias y abandone el adoctrinamiento ideológico.