La dolarización es el camino
Bolivia es, históricamente, un país inestable. En estas tierras ha sucedido de todo: guerras internacionales, guerras civiles, linchamiento de presidentes y varias crisis económicas dignas de estudio; además, no debemos olvidar que actualmente somos un territorio en disputa por varias organizaciones criminales. Pero ahora hablemos de nuestra actual coyuntura económica.
Desde hace más de dos décadas, el modelo impuesto por Evo Morales, Luis Arce Catacora y un montón de ideólogos cubanos consistió en un avance agresivo del Estado contra las libertades de los ciudadanos. Varios fueron los frentes de ataque, por ejemplo, se nacionalizó la renta gasífera, se intervino arbitrariamente en las AFPS, se asaltó salvajemente las Reservas Internacionales y se forzó a la bolivianización del sector financiero. Todo eso causó que la masa monetaria, que es la cantidad de billetes en circulación en la economía nacional, se incrementara cada año. Es decir, que eso que la dictadura llamó «milagro» era meramente el inflacionismo pasivo, ese momento donde el dinero recién impreso genera la impresión de que todo va muy bien.
Empero, como ninguna fantasía puede ser sostenida indefinidamente, la realidad, desde hace casi tres años, nos dice que la confianza en la moneda local va en picada, pues el tipo de cambio llegó hasta Bs. 15 por dólar, luego hubo un leve verano donde bajó a Bs. 9.70, aunque el gobierno insistía en mantener un tipo de cambio oficial de Bs. 6.96. Ergo, el fin del tipo de cambio fijo fue aceptar de jure lo que ya era de facto.
Acá es necesario un cuestionamiento, ¿era realmente necesario devaluar la moneda como insistentemente pedían ciertos sectores?
Respuesta corta: no. La mejor opción era tomar la ruta de la dolarización.
La dolarización es un proceso de anulación o sustitución monetaria, donde una economía reemplaza su moneda original por el dólar estadounidense; dejando fuera de circulación el dinero nacional. Al respecto, Mauricio Ríos García, en su artículo: Bolivia puede y debe dolarizar así, explica:
La dolarización de Bolivia no es una fantasía tecnocrática ni una entelequia académica reservada para debates entre economistas. Es, más bien, la consecuencia lógica y moral de una economía que, a pesar de los delirios intervencionistas del poder político, ya se encuentra de facto dolarizada. El país no tiene una moneda nacional genuina, no en términos económicos, jurídicos ni morales.
Pero, ¿qué significa que el peso boliviano no sea una moneda genuina?
Fácil, que ya no cumple con sus funciones de reserva de valor y medida de cálculo, puesto que no es seguro ahorrar en una moneda contaminada por inflación y, tampoco, nos permite hacer cálculos económicos estables. De ahí, que los precios en el mercado se eleven de manera constante. En resumen, y parafraseando a Javier Milei: «el dólar no tiene techo porque el boliviano no tiene piso».
El camino de la dolarización es corto, incluso más corto que la intentona de salvar el peso boliviano:
- Se requiere un simple decreto supremo que reconozca al dólar como moneda de curso legal para celebrar contratos y pagar salarios. Tampoco es necesario prohibir el boliviano: basta con que el Estado acepte dólares para pagar impuestos, suscriba contratos en dólares, y garantice su uso en el comercio y las finanzas públicas sin traba alguna.
- Se necesita eliminar la Ley 393 para devolverle al sector financiero la total libertad de fijar las tasas de interés con base a la cantidad de ahorro disponible. Eliminando, de esa manera, las abusivas normativas del crédito de vivienda y productivo.
¿Y dólares de dónde saldrán?
Aclaremos algo, en Bolivia hay dólares, por eso es que hay un precio en el mercado de 11 bs. En efecto, el boliviano tiene ahorrados —en bolsillos, colchones, cajas de seguridad y cuentas en el exterior, pero no en el sistema financiero nacional— alrededor de $10000 millones. Entonces, lo que falta es confianza para que vuelvan a circular.
En conclusión, este es el mejor momento para dolarizar, porque la realidad nos muestra que el peso boliviano no goza de confianza alguna; es un muerto que está siendo forzado a caminar.