Feminismo: crimen e impunidad
Lenin escribió: «El mejor revolucionario es aquel que está desprovisto de toda moral». Por su parte, Sergei Nechaev, en su Catecismo para revolucionarios, afirmó: «El revolucionario ha roto con todos los lazos civiles y las leyes de la civilización». En resumen, cualquier cosa sirve en el afán de que las revoluciones triunfen. De ahí, que la izquierda siempre haya visto en los criminales y mafiosos un fuerte factor revolucionario y desestabilizador.
De igual manera, entendieron que las revoluciones no solamente se podían ganar por la vía armada; existe otro método: la batalla cultural.
La batalla cultural es la lucha por tomar los espacios generadores de opinión, por ejemplo, universidades y medios de prensa, para influir en la opinión pública. Por ende, no debería sorprendernos que personajes como Herbert Marcuse o Antonio Gramsci hayan dejado de lado al obrero y se hayan concentrado en el universitario como sujeto revolucionario.
El feminismo es uno de los ejes de confrontación que impulsaron en su afán de desestabilizar Occidente. La tesis central gira en torno a mostrar a la mujer como víctima de un sistema llamado patriarcado. Ergo, instituciones como el matrimonio y la familia son opresoras por antonomasia. Por lógica, cualquier acción violenta contra el marido, los hermanos o, inclusive, los hijos no es un crimen, sino un acto de liberación.
El caso de Lindsay Clancy, quien ahorcó a sus tres hijos en un crimen con escalofriantes detalles, mostró una nueva cara del colectivo feminista, pues más allá del grupo de pandilleras feministas que fue a respaldarla en las puertas del jurado, muchas mujeres la apoyaron en redes sociales. Un sinfín de madres grabaron videos con sus pequeños con leyendas como: «Yo también podría haber hecho lo mismo».
Pero no es el único caso; Jennifer Marie Stately apuñaló fatalmente a su hijo mayor antes de prender fuego a la casa. Los investigadores de la ATF determinaron que Stately utilizó gasolina y líquido para encendedores para provocar tres incendios distintos, incluidos ambos puntos de salida de la casa. El mayor murió por la gravedad de las heridas, y el menor quedó atrapado dentro, muriendo por intoxicación por monóxido de carbono.
Sarah Myers, luego de perder la custodia de sus cuatro hijos, los envenenó. El padre de los niños, Brady Harmon, señaló que ésta le enviaba mensajes sobre la pérdida de la custodia y amenazaba con matar a sus hijos.
Acciones tan escalofriantes como las arriba descritas deberían hacernos pensar que La doctrina de los años tiernos, un principio jurídico que asume que, durante la infancia, y en caso de divorcio, la mujer es la más indicada para cuidar a los hijos, necesita una validación psiquiátrica y psicológica profesional. Además, genera un privilegio para la madre, puesto que asume que, per se, el padre no tiene las cualidades para cuidar de los hijos.
Kelly Orellano, mejor conocida como Chiqui Balín, es una de las sicarias más peligrosas de Colombia. En el podcast Más allá del silencio, Orellano explicó que las mafias y cárteles están reclutando y entrenando mujeres para el sicariato, ya que pasan desapercibidas en las labores de inteligencia, seguimiento y «dar de baja» a los objetivos de los jefes criminales. Luego de su arresto y condena, varios colectivos feministas han salido a brindarle apoyo, puesto que consideran que asesinar a más de treinta personas no es su responsabilidad personal, sino culpa de, eureka, el patriarcado.
Entonces, el verdadero objetivo del feminismo no es defender a la mujer, sino convertirla en inimputable ante cualquier delito. La meta final es corromper nuestros parámetros de juzgamiento, que la violencia sea tan normal que ya no genere ningún escándalo. Tenga por seguro, que pronto tendremos colectivos feministas defendiendo a mujeres que cometan atracos o secuestros y, peor aún, jueces y fiscales que, bajo la excusa de la salud mental, las dejarán en libertad o con penas mínimas.