El crimen como estrategia de control social
«Abrazos y no balazos», una frase nacida en la cultura chicana y usada como método de protesta contra la Guerra de Vietnam, fue utilizada por Andrés Manuel López Obrador para describir la política de seguridad de su gobierno, 2018 – 2022. El resultado fue que el 70% del territorio mexicano cayera bajo el control de los cárteles del narcotráfico.
De igual forma, Rafael Correa, durante su gobierno, dio personería jurídica a los Latin Kings para que puedan constituirse como una corporación. Es decir, que una de las pandillas más peligrosas de Ecuador tenía el mismo rango jurídico que, por ejemplo, Caritas o La Cruz Roja.
En Brasil, tras un operativo contra el Comando Vermelho, un peligroso cártel de drogas, el gobernador de Rio de Janeiro, Claudio Castro, denunció que no recibió apoyo de parte del Gobierno Federal a cargo de Lula Da Silva. De hecho, fue el mismo Lula que vetó que la Armada de Brasil apoye con vehículos blindados el operativo de la Policía de Rio de Janeiro.
En Bolivia, desde la llegada al poder de Evo Morales y sus secuaces, la tasa de criminalidad se ha incrementado a niveles impensables para un país históricamente tranquilo. En noviembre de 2025, Insight Crime, afirmaba lo siguiente:
En los últimos años, el tránsito de cocaína por Bolivia se ha incrementado, y el país también se ha convertido en un productor creciente. Las fuerzas de seguridad descubrieron 1.501 laboratorios de droga en 2024, un aumento del 74% respecto a 2023. Además, el cultivo de coca continuó expandiéndose más allá del límite legal de 22.000 hectáreas, alcanzando las 31.000 hectáreas en 2023, según las últimas estadísticas de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC). Además, El crimen organizado se ha infiltrado profundamente en la cadena de suministro del mercurio. Una red que contrabandeaba el metal desde México a Bolivia fue presuntamente abastecida por el Cartel de Jalisco Nueva Generación (CJNG).
Acá, vale una pregunta, aparte del crimen organizado, ¿qué tienen en común los países que acabamos de citar?
Fácil, que, de una u otra manera, tuvieron gobiernos ligados al Foro de Sao Paulo y su proyecto socialista. Ergo, no esperen que personajes como Lula, Correa, López Obrador o Evo Morales se enfrenten al crimen; las gangas son sus socias naturales.
Pero tampoco es algo que haya nacido de ellos, o que sea un fenómeno de la izquierda latinoamericana, la sociedad entre criminales y militantes socialistas es algo que viene desde inicios del Siglo XX. Herbert Marcuse veía en la criminalidad un alto potencial revolucionario. Louis Aragón, militante del Partido Comunista Francés, pensaba que llenar las naciones occidentales de traficantes de cocaína era el camino más rápido para conseguir sus objetivos. Serge Netchaiev, uno de los maestros de Lenin, consideraba a los mafiosos y pandilleros como los aliados naturales de las revoluciones socialistas.
Asociarse con cárteles, mafias y pandillas les garantiza tres cosas muy estratégicas:
- Ganar poder psicológico sobre la sociedad, pues quien se anima a protestar si el gobierno tiene como apoyo a toda la marginalidad. Basta con recordar los colectivos chavistas o los movimientos sociales en Bolivia.
- Obtener hegemonía política. Solamente, debe observar como los jefes de los movimientos sociales obligan a votar por los candidatos afines al MAS en Bolivia, o como extorsionan a los ciudadanos los colectivos chavistas en Venezuela.
- Generar poder económico, ya que el narcotráfico y otros crímenes les dan una fuente infinita de recursos. De ahí, que en países como Ecuador y Bolivia el narcotráfico sea quien decide gobiernos y autoridades.
Entonces, incentivar el crimen y todo tipo de corrupción les sirve en su objetivo de destruir nuestras sociedades desde adentro. No es un proyecto político; es la delincuencia llevada a la más alta escala.