El indigenismo, una mimetización del narcoterrorismo
En: A draft sequence of the Neandertal genome, el biólogo Robert Green ha demostrado que el mestizaje es la regla y no la excepción en el desarrollo de la humanidad.
Un primer momento se da entre la mezcla del homo sapiens y otros homínidos, como neandertales y denisovanos. Esos cruces fueron claves para que los organismos de nuestros antepasados sobrevivieran a enfermedades y plagas naturales. En un segundo momento, usando recientes pruebas genéticas y posturas antropológicas, el autor concluye que todos los seres humanos actuales somos mestizos, pues nuestros antepasados sobrevivieron gracias a dos cosas: a mezclarse sexualmente con otros grupos y a la migración.
De igual manera, más allá de los importantes estudios genéticos, la antropología, la historia y la economía demuestran que el contacto entre pueblos ha sido necesario para construir caminos, rutas comerciales y desarrollo económico. Por ende, cualquier postura que hable de «pueblos originarios» y «razas puras» no pasa de ser charlatanería seudocientífica.
Con toda la evidencia, que alguien se perciba como «indígena» u «originario» cae en la fantasía de la autopercepción, muy similar a los hombres que se creen mujeres o a los therians. Si todo quedara en el plano privado no habría mayor problema, pero sucede que la izquierda usó toda esa garrulería para construir un mito alrededor de Evo Morales, Felipe Quispe y otros matones.
La idea era presentar a esta caterva de violentos y criminales como «libertadores» de los indígenas bolivianos, aunque luego la narrativa se extendió a Chile, Argentina, Brasil y Paraguay.
Pero junto con esta versión remasterizada del Buen salvaje, vino la defensa de la hoja de coca. Otra fantasía que elevó a los cocales a la categoría de sagrados y milenarios. El objetivo no era otro que justificar las plantaciones de coca ilegal en la zona del Chapare de Cochabamba y el VRAEN de Perú.
Es un joint venture donde los ideólogos de izquierda construyen las narrativas y los narcotraficantes actúan como socios financiadores y fuerza de desestabilización. Nada nuevo, puesto que Nikita Khrushchev, en los 60, ya había planteado la necesaria alianza entre las fuerzas socialistas y la delincuencia común.
El Socialismo del Siglo 21 se ha instalado en el poder en Brasil, Bolivia, Colombia, Nicaragua y Venezuela. Asimismo, con el apoyo de Cuba, ha creado una red de Estados patrocinadores del crimen y el narcotráfico. Estos grupos criminales, en su afán de mantener el poder, modifican las constituciones, comenten fraudes electorales y asesinan sin el menor reparo, Fernando Villavicencio en Ecuador y Miguel Uribe Turbay en Colombia son sus más recientes víctimas.
En Bolivia, el gobierno de Rodrigo Paz, que optó por el gradualismo en economía y la tibieza en temas de seguridad, se encuentra asediado por las bandas de violentos afines al Socialismo del Siglo 21. Estos grupos, al igual que lo hacía Pablo Escobar en la Colombia de los años 80, han logrado que el gobierno redacte decretos a medida de sus caprichos, chantajes y exigencias.
Los bolivianos ꟷtú, yo y todosꟷ estamos en peligro. Nuestra nación se encuentra en su mayor desafío, ya que, de no poder recuperar el orden republicano, estamos condenados a convertirnos en la nueva sede del crimen transnacional.
El Socialismo del Siglo 21 es una lepra que todos los hombres de bien estamos obligados a combatir. Esa tarea empieza por quitarle la máscara a conceptos criminales como indigenismo, que no es más que una fachada para el narcoterrorismo.