Wokismo, una idiotez universitaria muy rentable
La ideología del wokismo sostiene que la sociedad está estructurada en torno a relaciones de poder donde ciertos grupos (hombres, blancos, heterosexuales, etc.) oprimen a otros (minorías raciales, mujeres, comunidad LGBTQ+). Desde esa perspectiva asume que lo correcto, «el despertar», es luchar para terminar con ese sistema. Los pilares de nuestra civilización, por ejemplo, la familia, el matrimonio y el capitalismo, son vistos como mecanismos de opresión. No se trata, tan sólo, de una pretensión de influir en los sistemas legislativos, sino de terminar con nuestra forma de vida.
Pero acá viene la mayor de sus contradicciones, puesto que mientras pretenden terminar con el capitalismo, gran parte del wokismo es financiado por grandes capitales, veamos algunos casos:
El 31 de marzo de 1929, un Domingo de Pascua, grupos de mujeres jóvenes desfilaron fumando por las calles de New York. Ruth Hale, promotora de la actividad, vendió lo sucedido como un ícono para la libertad de las mujeres y el movimiento feminista. Sin embargo, quienes estuvieron detrás fueron el publicista Edward Bernays (sobrino de Freud) y los ejecutivos de Lucky Strike (todos hombres). Así que mientras se incitaba a las mujeres a destrozarse los pulmones con humo, los gerentes de las tabacaleras se frotaban las manos por las futuras ganancias.
Eso nos demuestra que, desde hace décadas, muchas de las consignas feministas son simples estrategias de marketing. De hecho, en inglés ya se ha acuñado el neologismo femvertising para referir a la fusión de feminismo y advertising (publicidad) en vistas de la marea de avisos comerciales que venden sus productos usando la ideología feminista.
Respecto al movimiento LGTB+ la ironía es mayúscula, pues, luego de ser masacrados por las dictaduras comunistas, acabó siendo el fetiche revolucionario de la izquierda. En su libro, Y Dios entró en La Habana, Manuel Vásquez Montalván, explica que, luego de la caída del Muro de Berlín, los mandones cubanos y el propio Fidel Castro habían decidido poner en vigencia CENESEX, una especie de ministerio encargado de mostrar al mundo que Cuba era un paladín de los Derechos Humanos y la diversidad sexual. De hecho, el 2019, la tiranía castrista legalizó el matrimonio entre personas del mismo sexo y las reasignaciones de género.
¿Pero se trató de un cambio que buscaba garantizar las libertades y derechos de los cubanos?
No. La verdad es que, desde los 90, Castro y sus cómplices buscaban otra cosa: el dinero rosa, pues, según Bloomberg: que, de tratarse de un país, la comunidad LGTB tendría el cuarto PIB más grande del mundo. Entonces, no se trató de una reducción en la represión, sino, simplemente, de otra forma de explotación de la población cubana por parte de la dictadura más larga de América. En palabras de Carlos Alberto Montaner: «En Cuba es más fácil cambiar de sexo que abandonar el Partido Comunista».
Con el veganismo la cosa no es muy diferente, ya que, en varias ocasiones, Bill Gates ha admitido ser el gran financiador del movimiento vegano; verbigracia, en una entrevista para www.bbc.com dijo: «He donado más de US$100.000 millones, pero todavía tengo más para dar». Se lo pongo en perspectiva, esa cantidad de dinero equivale al total de la economía de Hungría.
El wokismo es un producto universitario. Las universidades, influidas por toda una corriente filosófica que viene desde el mayo francés del 68 y que tiene que ver con la penetración, por ejemplo, de las teorías de Derrida. Ahora bien, ahí no radica su peligro, pues el sistema universitario siempre ha sido el centro de fabricación y distribución de ideas idiotas, sino en que goza de millones de dólares para imponer su agenda en la cultura, la economía y la política. Si bien, es muy cierto que se encuentra en crisis, no es bueno descuidarse, porque, como diría François Desnoyer: «Hay muertos que, por las dudas, conviene matar».