Nuestra herencia hispana, nuestro orgullo
Llegó octubre, el mes donde los panegiristas del indigenismo vuelven a repetir sus vetustas consignas contra España, el catolicismo y personajes como los reyes católicos: Isabel y Fernando. Obviamente, siguiendo las supersticiones de Eduardo Galeano, no pueden faltar los que acusan a la corona española de haber causado un genocidio de indígenas para imponer una religión extranjera.
Empero, ¿Cuántos de los crímenes que se endilgan a España son ciertos y cuantos no pasan de ser producto de la leyenda negra promovida por Inglaterra?
Empecemos por la mentira favorita de la militancia indigenista: la imposición del catolicismo por medio de la espada.
Los pueblos precristianos, producto del poco desarrollo de la economía y los procesos de producción, usaban el saqueo y la violencia como métodos de sobrevivencia. Ergo, la mitología servía de sustento moral para los baños de sangre. Es decir, no mato por placer, sino para alimentar a mi dios y, de esa forma, conseguir sus bendiciones.
Los nórdicos tenían a Tyr, dios del combate y de la ley; los aztecas a Huitzilopochtli, dios de la guerra tribal. Cada cultura legitimaba sus propias batallas mediante sus dioses. Justamente, los aztecas desarrollaron toda una metodología que les permitía extraer un corazón en, tan sólo, veinte segundos. Así, los dioses eran «alimentados» y «nutridos» con la sangre y la carne sacrificadas, lo que garantizaba el equilibrio y la prosperidad continuos de la sociedad azteca. Los incas practicaban el Capacocha, un ritual para sacrificar a mujeres y varones jóvenes en las alturas andinas del actual Perú. Entonces, quienes imponían su religión con sangre y violencia eran las etnias indoamericanas a, justamente, otros pueblos indoamericanos.
Todo eso terminó con la llegada de los españoles a América. Por ejemplo, Democrates Alter, del teólogo y jurista, Juan Ginés de Sepúlveda, es un escrito que documenta como los pueblos de este lado del mundo sacrificaban a sus vecinos y practicaban el canibalismo. Además, instruye a los soldados hispanos a aplicar toda la fuerza posible para proteger a los grupos humanos más débiles.
Por su parte, Bartolomé de las Casas, recomienda la conversión de los indígenas usando otro método, el amor cristiano. Las Casas sabía que el éxito del cristianismo en Europa había obedecido en parte a su propuesta de solidaridad y hermandad entre todos los hombres y a la transmisión de su poderoso sentimiento comunitario.
¿Qué creen que sucedió?
Al igual que los bárbaros europeos, los indígenas aceptaron el cristianismo de manera voluntaria, puesto que representaba una forma totalmente diferente de entender la relación con Dios. En menos de dos generaciones, ya los indígenas se habían convertido en teólogos, sacerdotes, juristas y profesores universitarios.
Ahora pacemos al escabroso asunto de la esclavitud. En este punto, los barras bravas antihispanidad suelen homologar los comportamientos de Inglaterra y España, pero nada más lejos de la verdad, veamos:
Francisco Menéndez nació con el nombre de Mandinga (Mandinka) en África del Oeste, y fue esclavizado y llevado a la Carolina inglesa. Menéndez se enteró que los españoles emancipaban a los esclavos ingleses que lograban escapar a La Florida y aceptar el catolicismo. Los oficiales del ejército español se percataron de sus habilidades militares; por eso, lo nombraron jefe de la Milicia de Esclavos. Finalmente, en 1738, Menéndez consiguió su libertad plena. Al poco tiempo, junto con otros cien esclavos liberados, fundaron un asentamiento llamado Gracia Real de Santa Teresa de Mose, mejor conocido como Fuerte Mose. Todos los habitantes de la comunidad juraron entregar hasta la última gota de su sangre en la defensa de España.
Pero, además de los casos particulares, Las Leyes de Indias, promulgadas por Carlos I el 20 de noviembre de 1542, buscaban frenar los abusos y proteger a los pueblos originarios.
El respeto a los indígenas era tan grande, que la corona española ordenó a los jesuitas estudiar y preservar las lenguas originarias de América. En efecto, si el nahual, el quechua, el aimara, el guaraní y otros idiomas indoamericanos persisten hasta el sol de hoy es producto de la protección española. Note la diferencia respecto a Norteamérica, donde, luego de la colonización inglesa, los apaches fueron reducidos a fetiches de observación al interior de reservaciones y de sus lenguas no quedan más que rastros.
No falta nunca él que dice: «¿dónde está el oro de América?».
Cuando llegaron los españoles, solamente se encontraba habitado el 20% del territorio. La política española fue sentar la presencia de la corona y, para eso, era necesario fundar ciudades. Todo ese proceso, evidentemente, requería recursos. La mayoría del oro, la plata y las piedras preciosas se usaron para pagar la construcción de catedrales, universidades y planificación urbana, que, dicho sea de paso, fue la más moderna de la época. Potosí, Bogotá, Chuquisaca, Cochabamba, Lima o Quito no tenían nada, pero absolutamente, nada, que envidiarle a París, Londres o Madrid.
Pero, si existe alguien a quien debemos acusar de nuestros desfalcos financieros es a nuestros «libertadores», Bolívar, Sucre y San Martín, porque fueron sus aventuras bélicas que le abrieron las puertas a la deuda externa y el subdesarrollo. Para muestra un dato, hasta la segunda década del siglo 19, éramos parte del imperio más grande del mundo, pero, para el año 2021, según los resultados, América Latina y el Caribe representaban el 7,3% del Producto Interno Bruto (PIB) global y el 8% de la población mundial. Si hacemos el análisis de manera individual, naciones como mi natal Bolivia son, literalmente, insignificantes en el mundo.
En conclusión, la presencia de España en América no fue perfecta, pero tuvo un gran efecto civilizador en un continente bañado por la sangre y la violencia. ¡Gracias España!