¿Por qué me voy? Una explicación de mi jubilación de la docencia
A finales de junio de este 2026, dejaré definitivamente la docencia universitaria, una labor que fue parte de mi vida por dos décadas. Muchos de mis alumnos (actuales y pasados), bastante tristes por mi decisión, me hacen la clásica pregunta: ¿por qué? Por el cariño que les tengo a ellos, además, como despedida, voy a exponer mis razones:
- Salarios bajos y contratos eventuales es lo más común que nos toca vivir a miles de docentes en Bolivia. Pero la situación no se limita a las universidades privadas, que es donde yo siempre trabajé, sino que ya se contagió a las universidades públicas. Lo normal es que los profesores de los posgrados de la Universidad Mayor de San Simón, la más «prestigiosa» de mi ciudad, cobren sus remuneraciones con seis a ocho meses de atraso. Note la hipocresía, mientras las casas de estudios venden la idea de que un título es el camino al éxito, al mismo tiempo, tratan de la peor manera a sus profesores. ¿Qué docente puede pensar en tener estabilidad financiera en un ambiente laboral tan precario? Definitivamente, ninguno.
- Los pedagogos se han vuelto los grandes enemigos de la educación, ya que, en lugar de promover la excelencia, a nombre de la empatía y las habilidades blandas, pretenden que los docentes bajemos al mínimo el nivel de exigencia. Todo ese desbarajuste empezó cuando satanizaron la palabra alumno, y la cambiaron por la de estudiante. La idea era borrar cualquier jerarquía para convertir al maestro en un compañero más de aula. El gran «logro» de la pedagogía: la universidad dejó de ser un centro de formación de adultos jóvenes para ser la guardería de adolescentes creciditos.
- Por si lo anterior no fuera suficiente, las universidades, en especial las privadas, fuerzan a los docentes a vivir eternamente matriculados en posgrados, que incluyen diplomados, maestrías y doctorados. Pero no tiene nada que ver con educación, sino con la venta de cartones. Se lo pongo en perspectiva: un doctorado cuesta seis mil dólares, pero el salario de un docente no alcanza ni a la tercera parte de eso. ¿No es acaso eso una especie de extorsión donde el trabajador está pagando por mantener un cargo?
- Existe una, cada vez más grande, separación entre la academia y la realidad. Al extremo, que son comunes las llamadas de atención para que nos mantengamos apegados a planes globales, que, en la mayoría de los casos, se encuentran desactualizados. Por ejemplo, unas semanas atrás, en plena firma del Escudo de las Américas y otras políticas de seguridad y geopolítica en la región, me mandaron una nota que textualmente decía: «los conflictos religiosos y las estructuras criminales no tienen nada que ver con la materia de geopolítica». Entendí que el memorando lo envió un neófito en la materia, hasta tenía cierto tufillo de bronca personal; por ende, decidí no darle más importancia. Pero eso me hizo comprender que a las universidades no les interesa tener a los docentes más preparados, sino a los más baratos y sumisos.
- Los trabajos académicos y libros escritos por los docentes se han convertido en unas presas a cazar, puesto que las autoridades universitarias pretenden que entreguemos los derechos de autor de nuestros trabajos a cambio de, léalo bien, nada. Muy mal la pasan quienes aceptan investigar al interior de las universidades, ya que serán horas de trabajo sin ningún tipo de remuneración. Lo peor, si la investigación llega a tener relevancia, los beneficios y regalías serán, eureka, para la universidad.
- Finalmente, considero que los títulos universitarios están sobrevalorados. En parte, producto de todo lo que cité líneas arriba. De hecho, la OIT muestra que el 85% de las carreras universitarias no tienen demanda real en el mercado. Más que una salida al mercado laboral, los grados académicos se han vuelto en un intento de conseguir estatus social, algo tipo: «tengo un hijo licenciado»
¿Todavía vale la pena ir a la universidad?
Mire, si se trata de algunas ingenierías, por ejemplo, civil o mecánica, y del área de salud es, todavía, una inversión que vale la pena. En temas como negocios, marketing o comercio exterior, la verdad, no. En ese campo resultan más rentable los cursos cortos y, en especial, promover los emprendimientos. Créame, aprenderán cosas muy útiles que las aulas universitarias jamás les enseñarán. Para materias como economía, sociología, historia o filosofía le recomiendo acceder a la abundante bibliografía disponible a precios muy baratos, ahí funciona mejor ser autodidacta que perder años escuchando tonterías en las aulas.
Después de veinte años, ¿qué me dejó la cátedra?
Aparte de una ronquera crónica, producto de forzar la voz por largas horas, buenos recuerdos y mucho afecto. Varios de mis alumnos agradecen mis clases, porque las consideran las mejores que recibieron durante su estadía en las aulas. En un mundo dominado por ideas absurdas, como el wokismo y el relativismo moral, yo siempre promoví los valores de Occidente y la defensa del libre mercado. La docencia no fue, solamente, un trabajo, sino un espacio para dar la batalla cultural. Creo que, sin intención de caer en la arrogancia, lo hice bastante bien.
No me voy triste, me voy molesto. Pero no con mis alumnos, a los que siempre llevaré en mi corazón, sino con el sistema que los engaña. Una aclaración final, no tengo nada con que la educación sea pagada y privada, mi crítica es que sea una estafa.
Hasta pronto