La envidia como política de Estado
Unos días atrás, terminé de leer: Vida y epistolario de Carlos Medinaceli, autoría de Mariano Baptista Gumucio. La recopilación epistolar de Medinaceli, en tono irónico y triste, muestra a un hombre decepcionado por la cultura de Bolivia de principios del Siglo XX. En una de sus cartas de 1930 dice, palabras más, palabras menos: «el boliviano envidia al águila porque vuela y a la luciérnaga porque brilla». Una sentencia que refleja un rasgo muy característico de nuestra sociedad, la envidia por aquel que es mejor que nosotros.
Ha pasado, prácticamente, un siglo desde los sesudos análisis de Medinaceli, para tristeza nuestra, todo sigue igual. Por ejemplo, el año 2015, cuando Evo Morales forzó su tercera reelección, un chófer de taxi me dijo: «Yo estoy de acuerdo con la permanencia de Evo, él es el único que puso en su lugar a los ricos y los banqueros». El señor se refería a la recientemente aprobada Ley de Servicios Financieros. Vano fue me intento de explicarle que esa ley, en el largo plazo, generaría inflación, devaluación monetaria y fuga de divisas. Al final, pudo más su idea de que el cocalero si pensaba en los humildes, que yo estaba argumentando como banquero, pero no como un hombre de pueblo.
Episodios como el de arriba descrito, me ocurrieron, de igual manera, con empresarios de la construcción que se beneficiaron de las bajas tasas de interés y otras facilidades crediticias. En el fondo, la idea era siempre la misma: como los bancos tienen plata, ergo, están obligados a darme una parte.
En la academia tampoco es diferente. De hecho, una de las cosas que más escuché durante mis años de estudiante de economía fue de los programas para luchar contra la desigualdad y la redistribución del ingreso. Prácticamente, en todas las materias teníamos que estudiar el Índice de Gini y los modelos para reducir las desigualdades.
Las implicaciones totalitarias de esas ideas son evidentes, puesto que es el Estado el único que tiene la capacidad de luchar contra la desigualdad. De ahí, que los egresados de economía tengan tanta inclinación a la ingeniería social y al socialismo.
Acá me permito una pequeña reflexión personal. Si bien, me tocó cursar toda la carrera de economía con una malla curricular llena de ideas intervencionistas y estatistas, yo soy un defensor del mercado libre, la competitividad, los bajos impuestos y el emprendimiento. Soy, gracias a Dios, un producto fallado de la universidad.
Pero volviendo al tema central del artículo, mientras más programas de lucha contra la desigualdad tenga una nación, más pobre se vuelve. En Bolivia, Evo Morales prometió que el país se convertiría en un paraíso para los pobres. Obviamente, a través de impuestos a los ricos y confiscaciones de la propiedad privada, en especial, de la industria gasífera.
¿Resultados?
Que sus tres gobiernos se caracterizaron por la caída de la productividad, reducción de la inversión, aumento de la criminalidad y crecimiento de la pobreza. Todo eso nos pasó factura, ya que, a principios del Siglo XXI, Bolivia se proyectaba para ser la potencia energética de Sudamérica. Hoy, nuestros mayores productos de exportación son el crimen organizado y el narcotráfico.
El sociólogo Helmut Schoeck considera que las sociedades que más han logrado avanzar y prosperar son aquellas que han superado la envidia, puesto que proyectos criminales como el Socialismo del Siglo XXI deben gran parte de su éxito al voto de muchos envidiosos que esperaban, literalmente, joder a los ricos.
Axel Kaiser, que pasó del ateísmo al catolicismo ortodoxo, explica que una de las razones de su transformación vino de estudiar los aportes culturales del cristianismo. Por ejemplo, El décimo mandamiento dice: «No codiciarás los bienes ajenos». La codicia es el deseo extremo de conseguir bienes, por eso, este mandamiento prohíbe cometer injusticias que lleven a apoderarse de los bienes ajenos por medio del robo y la violencia. De ahí, que el legado cultural del cristianismo sea uno de los blancos que más feroces ataques recibe de parte de todos los enemigos de nuestra civilización.
En conclusión, para salir del lodazal que nos encontramos es necesario dejar de convertir a la envidia en políticas de Estado.