¡Gracias a Dios somos desiguales!
Cualquier estudiante promedio de Economía o Ciencias Políticas en Occidente, en algún momento de su carrera, tendrá que aprender lo «malo» de la desigualdad material, pues la hegemonía académica universitaria ha convertido a la igualdad en su dogma indiscutible.
La idea de una comunidad donde todos sean iguales en bienes económicos es producto de residuos tribales que todavía siguen entre nosotros. Mucho de eso, se transmite en la academia a través de teorías como el marxismo, en todas sus variantes, o el Índice de Gini, cuyo objetivo es impulsar políticas estatales para reducir las diferencias materiales entre grupos poblacionales.
Pero, ¿es verdad que la desigualdad económica es tan mala?
La pobreza es la condición natural del hombre, porque venimos de las condiciones más miserables. Es decir, que en el origen todos somos iguales; sin embargo, mantenernos en esa condición hubiera significado la extinción de la especie. Lo anterior enfrentó a nuestros antepasados a la primera gran regla económica, la escasez.
No obstante, los hombres venimos dotados de un regalo maravilloso, la capacidad creadora. Unos descubrieron que algunas piedras se podían moldear para almacenar y tomar agua. Otros usaron maderas y palos para cazar y pescar. Un tercer grupo se percató que frotando dos ramas se podía conseguir fuego.
En ese momento, aquellos que fueron más creativos que el resto, lograron dos cosas: 1) incrementar el nivel de vida de toda la especie, y 2) crearon la desigualdad, pues ahora son mucho más ricos que sus congéneres.
Esto nos lleva a una gran verdad que muchos sociólogos, politólogos y economistas se niegan a aceptar: si se permite que actuemos con libertad, esa diversidad creativa se expresará de muchas formas que van desde la manera de vestirnos y actuar hasta nuestros ingresos. Ahí radica lo absurdo de pretender la igualdad absoluta cuando la naturaleza nos ha hecho a todos tan desiguales, condición que se refuerza por el entorno cultural y familiar.
Pero el discurso a favor de la igualdad oculta algo más peligroso: el germen de las tiranías. Cualquier intento de igualarnos se tendrá que hacer por medio de la violencia, ya que es la única forma de suprimir las manifestaciones materiales de nuestros talentos. Esa fue la ruta que siguieron los proyectos socialistas en el siglo pasado y el castrochavismo en la actualidad.
Aquí tenemos que hablar de la gran paradoja de los buscadores de la igualdad: se oponen a las desigualdades materiales, pero fomentan la desigualdad en el uso de la violencia, puesto que unos quedan indefensos ante las agresiones de los mandones de turno. De hecho, Rousseau, abuelo ideológico de nazis y marxistas, dijo: «en la búsqueda del interés general no hay necesidad de limitar el poder del Estado».
Esa idea sirvió de fundamento para cortar las cabezas de los panaderos cuando subía el precio del pan, aunque, irónicamente, el precio del pan subía de manera correlativa al número de cabezas que se desprendían del cuerpo. En Cuba, bajo el mismo pretexto, las balas y los garrotes lograron que todos sean igual de pobres, menos la cúpula delictiva que vive con grandes lujos.
A manera de conclusión, no es cierto que una sociedad igualitaria sea moral, la realidad nos muestra que es exactamente lo contrario. Las naciones no deben buscar la igualdad, sino la prosperidad. Eso solamente se consigue con marcos institucionales que respeten la propiedad privada y fomenten los emprendimientos. No a la igualdad, sí a la libertad.